Prevención de la violencia juvenil

Max Loría Ramírez
Experto en seguridad ciudadana
FUNPADEM

Existe una relación estrecha entre la cantidad de personas jóvenes en una sociedad, y el nivel de delincuencia y violencia en un país. Para ser correcto y no caer en discriminaciones odiosas y repudiables que nosotros mismos hemos criticado, la relación es entre la falta de oportunidades educativas, de empleo y de recreación, el escaso apoyo familiar que puedan tener los jóvenes y la inseguridad ciudadana. Este es un hecho real y concreto que se puede corroborar revisando las estadísticas de diferentes delitos, y las edades de las víctimas y victimarios de esos delitos. Negar el problema es tapar el sol con un dedo. Enfrentarlo en democracia significa buscar oportunidades para ellos, abrirles las puertas para la sana convivencia, y por supuesto cerrarles las puertas a la droga y la violencia, que las tienen abiertas y de par en par en muchas comunidades de nuestros países.

Muchos estudios han relacionado a los jóvenes con el crecimiento de los homicidios. Un estudio del Banco Mundial dice: “En Centroamérica, los jóvenes, en especial los hombres jóvenes, son la mayoría de las víctimas y de los perpetradores de la violencia. Datos de Nicaragua (2006) muestran que casi la mitad de aquellos arrestados en relación con un homicidio tenían entre 15 y 25 años de edad; en El Salvador (2000), los perpetradores de delitos violentos identificados positivamente fueron en su mayoría hombres jóvenes con una edad máxima de 23 años. Los hombres jóvenes también son las principales víctimas de los homicidios: aproximadamente el 30 por ciento de todas las víctimas de homicidio en los seis países centroamericanos fueron varones de entre 15 y 34 años de edad”. Continúa el mismo estudio “Las áreas con un mayor porcentaje de hombres jóvenes de entre 15 y 34 años de edad tienen índices más altos de homicidios. Asimismo, las áreas con un elevado número de hogares dirigidos por mujeres, donde es probable que los hombres jóvenes sean menos vigilados, también sufren un mayor índice de homicidios”. (Banco Mundial 2011). Como hemos dicho estas son realidades que no debemos negar. Por el contrario, debemos conocerlas mejor, y con mayor información, para poder elaborar políticas públicas realmente inclusivas, que permitan dar muchas más oportunidades para nuestras poblaciones jóvenes.

La convivencia en los centros educativos. Muchos estudiantes no asisten al Colegio por razones de violencia en sus comunidades o familias. Muchos otros desertan del Colegio por razones de violencia dentro de los centros educativos. Lo cierto es que las escuelas y colegios deben ser “islas de paz”, donde los jóvenes realmente asistan a estudiar y convivir, y no a ser víctimas del “bulling” u otras formas de violencia. Es necesario fortalecer los proyectos para mejorar la resolución pacífica de conflictos, los programas intensivos de promoción del arte y el deporte, y asegurar el buen manejo de situaciones como la presencia de armas de fuego o venta/consumo de drogas. No es aceptable para una sociedad democrática el no poder garantizar al menos la seguridad, la paz y la convivencia dentro de las escuelas y colegios del país.

Programas que promueven el buen uso del tiempo libre. Algunas buenas prácticas para enfrentar este problema de la violencia juvenil surgen de los programas que intentan evitar la exposición de jóvenes a situaciones o realidades donde la violencia es más común. Un buen ejemplo son los esfuerzos que promueven el buen uso del tiempo libre y evitan que los jóvenes participen en actividades con alto riesgo de caer en la delincuencia. Hay ejemplos que demuestran que el alargar las jornadas escolares puede disminuir los delitos contra la propiedad y algunos delitos violentos. La creación de infraestructuras seguras y atractivas para los jóvenes, dirigidas a la práctica del deporte o del arte en las comunidades más vulnerables es siempre una buena inversión. Los estudios enfatizan la necesidad de una supervisión eficaz a las actividades que realicen los jóvenes durante esos tiempos o espacios adicionales. Los investigadores señalan que la ejecución de programas con jóvenes sin un seguimiento adecuado de sus actividades, puede más bien fomentar el crimen y la violencia. Esto podría ocurrir, por ejemplo, si estas jornadas ampliadas, o los centros juveniles o campos deportivos que se construyen, no cuenten con los fondos suficientes para asegurar la supervisión de un adulto.

Reducción de incentivos para la delincuencia. Otros programas que han generado buenos resultados se concentran en reducir los incentivos para que los jóvenes se acerquen a la delincuencia, promoviendo más bien su permanencia en el Colegio y evitando así la deserción. Por ejemplo el “Programa Bolsa Familia” en Brasil otorga un incentivo económico a jóvenes entre 16 y 17 años de edad, y esto ha reducido significativamente la delincuencia en áreas circundantes a los centros educativos. Este subsidio económico adicional, vinculado a la asistencia escolar de 16 a 17 años de edad, puede disminuir los incentivos de estos jóvenes para buscar ingresos a través de actividades ilegales. Puede ser también que la oportunidad de participar con un grupo de pares durante su estancia en la escuela reduce la conducta delictiva. Estos programas de transferencias económicas a los jóvenes condicionadas a su permanencia en el Colegio, han resultado exitosos no solo como política social, sino también como estrategia para la prevención de la violencia.

Si queremos menos asaltos, necesitamos que más jóvenes terminen el Colegio. La conclusión es sencilla. Es urgente ampliar las oportunidades a las personas jóvenes para que puedan permanecer en los centros educativos, especialmente terminar su Bachillerato, y puedan también tener acceso a la recreación, el deporte, el arte y la sana convivencia. Los programas de empleabilidad dirigidos a los jóvenes son también una buena estrategia, ya no solo de buen uso de tiempo libre, sino de incentivos reales para la construcción de proyectos de vida sanos y provechosos para ellos y sus familias.

Nuestros países deben reconocer la violencia juvenil como un tema importante en términos de las condiciones de seguridad y convivencia. Pero más importante es asegurar un enfoque que promueva oportunidades reales, y que considere finalmente a los jóvenes como el más valioso recurso con que contamos en nuestras sociedades.

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