Una sociedad dividida… hasta por un Santo

Por Randall Arias S.
Director Ejecutivo
FUNPADEM

El pasado domingo 24 de mayo se realizó la Beatificación de Oscar Arnulfo Romero, quien fue asesinado hace 35 años, en medio de la guerra civil que desangró a El Salvador por más de una década (1980 – 1992). En un país mayoritariamente católico, llama la atención cómo una importante parte de la población manifiesta su rechazo a esta Beatificación, proceso del Derecho Canónico Católico que llevará, finalmente, a su declaratoria de Santo.

Visto el tema “desde afuera”, parece ser incomprensible, ya que se pensaría con facilidad que al menos toda la población católica de El Salvador debería celebrar este hecho, siendo que sería Monseñor Romero su primer Santo. Y esto no es poca cosa en el continente americano, y especialmente en América Latina que representa casi el 40% de la feligresía católica, pero que tiene apenas 8 santos de un santoral católico con casi 20 mil santos. De los cuales alrededor de 7.000 siguieron los procedimientos de canonización como el de Monseñor Romero, siendo la enorme mayoría europeos, donde precisamente se ha concentrado el Gobierno Católico.

Evidentemente quienes simpatizan hoy con la lucha guerrillera de entonces, afines al FMLN que fue quien dio la lucha y hoy es un Partido Político por SEGUNDO período consecutivo en el Gobierno, celebran con júbilo la Beatificación de Monseñor Romero. Es su Santo – Mártir, que ofreció su vida por defender la lucha a favor de las personas pobres, lo cual constituía un eje central de la lucha guerrillera.

Sin embargo, típicamente los sectores más afines a ARENA, que gobernaba durante la guerra civil y que enfrentó a la guerrilla del FMLN, esta beatificación conlleva otorgarle, por parte de la Iglesia Católica, el rango de Mártir “por odio a la fe” a un jerarca de la Iglesia Salvadoreña que tomó abiertamente partido en esa lucha. Conlleva, de forma implícita, el reconocimiento de que fue un atentado por parte del Estado en la figura del francotirador que le quitó la vida cuando ofrecía una homilía en una pequeña Iglesia de un Hospital (supuestamente ordenado por Roberto D’Aubisson, líder histórico de ARENA).

Este caso, más allá de lo estrictamente religioso, evidencia temas fundamentales en la sociedad salvadoreña actual. Lo primero y más importante es que, más de dos décadas después de iniciar formalmente la transición democrática después de cesar la lucha armada, las heridas emocionales de la guerra civil siguen estando presente. Que los símbolos de esta lucha a favor o en contra de alguna de las partes entonces enfrentadas, generarán las más profundas reacciones pasionales, cuyo resultado es, finalmente, aumentar la división que aún prevalece.

Demuestra también que la religión, campo en principio neutral para la lucha política, se convierte en un terreno vital en el enfrentamiento discursivo – ideológico, lo cual polariza aún más a una sociedad que da la impresión está partida por la mitad en el ámbito político.

Esto nos lleva a una reflexión adicional: es claro que la jerarquía Católica en Roma pospuso por años esta decisión, debido al fuerte lobby realizado en contra de la Beatificación de Monseñor Romero. Pero es más claro aún que con el Papa Francisco, con su reformismo y progresismo, así como su natural afinidad con América Latina, logró “desatorar” esta decisión, y lo reencauza hacia la final Santidad de Monseñor Romero.

Y cuando la religión, ya sea católica o cualquier otra, se convierte en un campo de batalla político, no se pueden esperar sino muy malos resultados para la sana convivencia democrática.

La preocupación de fondo al escribir estas líneas no tiene que ver con el mérito o no de Monseñor Romero para ser Beato y finalmente Santo, ya que eso opera en el plano teológico. Tiene que ver con la consolidación democrática aún inconclusa en El Salvador, y cuánto este hecho religioso encrudece la polarización de los actores políticos, que puede favorecer o no, ese urgente fortalecimiento de la Democracia.

Esperemos que sea un hecho pasajero y de júbilo para quienes apoyan tal proceso de Beatificación y, siendo su derecho, de simple indiferencia de aquéllas personas para quienes no es relevante y/o procedente.

Este hecho religioso es, finalmente, una gran prueba para El Salvador de tolerancia política, lo cual les permita avanzar en una cultura política con firmes valores democráticos. De lo contrario, la instrumentalización de la religión para fines políticos, como muchas otras veces, en lugar de unir, dividirá.

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