De la violencia callejera y la inseguridad que afecta a las mujeres en la región

Isabel Brenes Paniagua
Politóloga

Cielo despejado, sol radiante y una fresca brisa me invitaron a salir a hacer unos “mandados” en las inmediaciones de San José, capital de Costa Rica. El día estaba tan bonito que me animé a ir caminando, como diariamente lo hacen miles de mujeres adultas, jóvenes, adolescentes y niñas. Había recorrido tan sólo unos 150 metros cuando enfrenté la primera manifestación de “acoso callejero”.

Un hombre pasa a mi lado y me dice vulgaridades… respiro profundo y sigo avanzando; algunas cuadras más adelante, entre un tumulto de gente, me encuentro con otro tipo que irrumpe en mi espacio corporal e intenta tocarme. Puse fin inmediato a mi recorrido y regresé a la casa. Les confieso que mi primera reacción fue la de sentirme avergonzada y culpable. Pensé que debí haberme puesto otra ropa; que lo mejor hubiera sido ir a otro lugar y a otra hora; que quizá si no hubiera andado sola…Muchos quizás.

En seguida sentí rabia, ¡mucha rabia! Se me subían los colores al rostro y la sangre se agolpaba en mi cara ¿Qué se han creído esos tipos? Indeseables, indecentes y agresores. ¿Quién les hizo creer que tienen derecho a agredirme, acosarme? El llanto de dolor y frustración fue inevitable.

Ya más serena, al cabo de pensarlo y procesarlo por un rato; caí en la cuenta de que esto lo sufren muchas mujeres, de diferentes edades, todos los días de la vida. Y en algunos casos padecen agresiones peores a las que yo sufrí. Hay intimidación, manoseo, groserías y un sinfín de faltas de respeto y violación a los derechos humanos de las mujeres, de las que somos víctimas solo por el hecho de ser mujeres.

No cabe duda de que a las mujeres la inseguridad nos afecta de manera distinta. El delito, la victimización y la sensación de inseguridad que aqueja a la región, deben ser abordados de manera integral, claro, tomando en cuenta sus diferentes impactos según la vulnerabilidad de los grupos de población y lugares de residencia. A esta realidad deben responder las políticas públicas, para incidir en el bienestar de las y los ciudadanos.

Con respecto a la violencia que se da en el seno de las familias, el acoso sexual y el acoso callejero se dice que: “es un asunto privado”, “mientras no sea conmigo no me meto”, “yo no molesto para que no me molesten”, “que cada quien resuelva sus problemas como quiera”. Pues vieran que no, así no es la cosa, porque con esa actitud no llegaremos a “buen puerto”. El irrespeto a la dignidad de una persona debe hacernos reaccionar, primero en auxilio de quién lo necesita; de seguido, para mostrar nuestro rechazo y, en tanto sea posible, denunciar y contribuir a resolver la situación.

Decía Martin Luther King que “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos”. Esta estremecedora reflexión debe invitarnos a ser protagonistas de la trasformación cultural que necesita la región, iniciando por nuestras acciones y omisiones, las de nuestra familia y comunidad. Yo me comprometo a hacer todo lo que esté a mi alcance para construir un mejor país, en el que prevalezcan los valores de igualdad, equidad y libertad responsable. Uno en el que se respete la dignidad de cada ser humano. ¿Cuál será su aporte?

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