INVERTIR EN LA FAMILIA PARA LA PREVENCION DE LA VIOLENCIA

Por Max Loría Ramírez
Director del Programa de Prevención de la Violencia y Seguridad
FUNPADEM

La seguridad ciudadana y la violencia siguen siendo una de las principales preocupaciones de los centroamericanos. Los estudios de opinión pública sitúan estos temas entre los principales problemas del país. Entre las causas de este problema se mencionan el tráfico de drogas, la proliferación de las armas de fuego y la participación de los jóvenes en pandillas y “maras”, especialmente en el triángulo norte de Centro América.

Se ha correlacionado el crecimiento de la población joven y sobre todo la falta de oportunidades educativas y del apoyo de la familia al crecimiento de la delincuencia en América Latina: “En Centroamérica, los jóvenes, en especial los hombres jóvenes, son la mayoría de las víctimas y de los perpetradores de la violencia. Datos de Nicaragua (2006) muestran que casi la mitad de aquellos arrestados en relación con un homicidio tenían entre 15 y 25 años de edad; en El Salvador (2000), los perpetradores de delitos violentos identificados positivamente fueron en su mayoría hombres jóvenes con una edad máxima de 23. Los hombres jóvenes también son las principales víctimas de los homicidios: aproximadamente el 30 por ciento de todas las víctimas de homicidio en los seis países centroamericanos fueron varones de entre 15 y 34 años de edad”.[1]

Esta situación, que involucra directamente a los jóvenes, cobra una especial relevancia el papel que pueden jugar las familias como factores de protección. Se ha comprobado “que las áreas con un mayor porcentaje de hombres jóvenes de entre 15 y 34 años de edad tienen índices más altos de homicidios. Asimismo, las áreas con un elevado número de hogares dirigidos por mujeres, donde es probable que los hombres jóvenes sean menos vigilados, también sufren un mayor índice de homicidio[2]”.

El experto en desarrollo social Bernardo Kligsberg menciona que: “Una segunda área de correlaciones intensas es la que vincula deterioro familiar con delincuencia. Una investigación en USA sobre criminalidad juvenil (DAfoe Whitehead, 1993) examinó la situación familiar de una amplísima muestra de jóvenes en centros de detención juvenil. Verificó que más del 70% provenían de familias desarticuladas, con padre ausente. En América Latina, un estudio en una de las sociedades con mejores récords sociales como el Uruguay (Katzman, 1997) encontró similar correlación. Dos terceras partes de los jóvenes internados por delitos, venían de familias con un solo cónyuge al frente[3]”. De hecho, no se trata de “criminalizar” condiciones específicas, se trata de identificar factores de riesgo para impulsar acciones de prevención.

El trabajo que podamos hacer para apoyar a las familias es un elemento fundamental para poder construir sociedades más seguras. El Banco Mundial ha resumido algunos de los programas que poder ser efectivos con ese objetivo:

  • Programas de desarrollo infantil temprano (ECD, por sus siglas en inglés). Invertir en programas ECD, en especial aquellos dirigidos a las familias pobres, ha sido una de las formas más rentables para reducir comportamientos de riesgo entre los jóvenes. La evidencia en todo el mundo muestra que estos programas, que tradicionalmente incluyen asistencia médica, suplementos alimenticios, estimulación mental, actividades educativas y capacitación sobre el cuidado de los hijos, mejoran los resultados del capital humano a largo plazo, incluyendo logros educativos, salud y nutrición, así como en la reducción de comportamientos de riesgo, tales como el crimen y la violencia, el abuso doméstico y el abuso de sustancias. La inclusión de capacitación sobre el cuidado eficaz de los hijos en los programas ECD se ha destacado en las evaluaciones como uno de los factores más importantes a la hora de reducir la violencia juvenil.
  • Programas de maternidad y paternidad. La capacitación de los padres promueve una interacción madre y/o padre- hijo(a) positiva, sana y protectora que puede reducir la violencia doméstica, el nivel de relacionamiento de los jóvenes con compañeros delincuentes, el abuso del alcohol y de las substancias, los arrestos y el abandono de los estudios. También reduce el uso del tabaco, el alcohol y las drogas, así como la ira, el aislamiento, la agresión, la violencia y la mala conducta. Los hallazgos más congruentes en la prevención de la violencia y la violencia juvenil enfatizan el valor de las intervenciones familiares desde el nacimiento hasta la adolescencia.

Por ejemplo, los programas de visitas de enfermeras al hogar han demostrado que mejoran las habilidades de cuidar a los hijos y reducen la agresión en los niños(as). También se ha descubierto que los programas para niños(a) mayores y sus familiares ayudan a los padres a reducir el cuidado negativo de los hijos(as) y las interacciones coercitivas, también reducen la agresión y la violencia contra la niñez. Otro acercamiento a las intervenciones familiares incluye la enseñanza de habilidades para el cuidado de los hijos(as) a personas jóvenes antes de que se conviertan en padres.

  • Programas para aumentar el acceso y la culminación de la escuela secundaria. Las políticas y los programas para promover la inscripción y conclusión de la escuela secundaria son fundamentales. La evidencia muestra que la conclusión de la escuela secundaria es una de las inversiones preventivas más importantes que puede hacer un país en las personas jóvenes en riesgo, en términos de mejorar su educación y reducir casi todos los tipos de comportamiento de riesgo, incluyendo el crimen y la violencia. El fracaso y el abandono escolar son factores de riesgo para la violencia y la violencia juvenil. Las personas jóvenes que permanecen ligadas a la escuela tienen menos probabilidades de exhibir comportamientos perjudiciales y violentos, llevar o utilizar armas o experimentar con sustancias ilegales. Desde la perspectiva del problema de la violencia y la violencia juvenil, resulta importante encargarse de la considerable brecha que todavía se encuentra en la cobertura de la educación secundaria en comunidades urbanas pobres. También es crucial asegurar la enseñanza de alta calidad y la pertinencia curricular, incluyendo programas para el desarrollo de habilidades genéricas para la vida y fortalecer el vínculo entre escuela y trabajo. Otras medidas incluyen la mejora de la calidad e importancia de la escuela, el aumento de la participación de los padres y la oferta de incentivos a las familias de las personas jóvenes en riesgo para enviarlos a la escuela, posiblemente a través de programas de transferencia condicionada en efectivo, ya sea a las familias o a jóvenes en sí.

De estas u otras formas, lo que es muy claro que es si queremos sociedades con menos violencia, debemos tomar mucho más en serio las inversiones que estamos haciendo para apoyar a las familias en la región.

[1] Banco Mundial. Crimen y violencia en Centro América. Un desafió para el desarrollo. Washington: Banco Mundial, 2011.

[2] IBID. pág. 19.

[3] KLIKSBERG, Bernardo. El Crecimiento de la criminalidad en América Latina. Un tema urgente. Washington, BID, 200.

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