Las tendencias de la violencia en América Central continúan en aumento, y sin un fin previsible

Lorraine Watkins
Pasante American University, Washington DC
FUNPADEM

La región de América Central ha atravesado numerosos cambios durante las últimas décadas, transicionando de gobiernos opresivos a democracias jóvenes, con un crecimiento económico y social sostenido de manera estable durante los últimos años.

Sin embargo, ahora una gran parte de la región se encuentra en un impasse político y de seguridad, y tiene dificultades para progresar más allá de su estado actual. Esto puede deberse a la violencia extendida en América Central, que afecta particularmente a El Salvador, Guatemala y Honduras. Factores como su ubicación geográfica -entre los mayores productores y consumidores de drogas del continente-, el número de bandas a lo largo de la región, e incluso la persistencia de una cultura machista, han provocado la propagación de la violencia en toda América Central.

Las tasas de homicidios del Triángulo Norte, para el 2015, en promedio, rondan los 60 homicidios por cien mil habitantes, mientras que en Costa Rica, Nicaragua y Panamá, la misma tasa ronda los 20 homicidios por la misma cantidad de personas.

Aunque Nicaragua ha tenido un mejor desempeño en la supresión de la violencia por la centralidad de las soluciones de seguridad basadas en la comunidad y en la profesionalización de sus fuerzas policiales y militares, su relativamente deshabitada costa caribeña hace del país un punto de tránsito importante para los cárteles de la droga. Asimismo, a pesar de que la economía panameña ha tenido un auge importante en los últimos años, los niveles de violencia en el país también han aumentado, en un contexto geográfico en que Panamá es el vínculo terrestre entre Colombia y Centroamérica, teniendo una posición crítica en el tráfico transnacional de drogas.

Incluso en Costa Rica, que ha visto un progreso constante en la gran mayoría de las áreas del país, la actividad criminal organizada va en aumento, con las tasas de homicidios aumentando a un ritmo alarmante (aunque todavía muy por debajo de los del Triángulo Norte). Belice también es otro punto de tránsito de drogas significante a lo largo de la frontera con México, aunque el país todavía no ha experimentado los extremos niveles de violencia de sus vecinos.

En América Central los jóvenes representan la mayor parte de los perpetradores y víctimas de la violencia. Un estudio nicaragüense de llevado a cabo con personas detenidas por asesinato encontró que casi la mitad estaba entre las edades de 15 y 25. También, para la mayoría de los países de la región los hombres jóvenes entre los 15 y 34 años constituyen alrededor del 60 por ciento de todas las víctimas de homicidio. En el caso de Costa Rica, esta cifra ronda el 40 por ciento.

El fracaso en la construcción de instituciones estatales eficaces en el Triángulo Norte ha provocado que organizaciones criminales hayan logrado insertarse en numerosos niveles de los gobiernos, ampliando su alcance y márgenes de acción en la región, y provocando altos niveles de desconfianza en la protección de las fuerzas policiales o del Poder Judicial como un todo. El Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos también encontró que estos tres países centroamericanos son el lugar de origen del mayor número de niños refugiados en los Estados Unidos.

Si bien actualmente los motivos y consecuencias de la creciente violencia criminal en América Central son numerosos, el tráfico de drogas es una de las causas de mayor peso. La región es particularmente vulnerable a la violencia por su estratégica ubicación entre los mayores proveedores de drogas y su principal consumidor, los Estados Unidos.

Por otro lado, aunque la inseguridad es una preocupación importante en gran parte de América Latina, la capacidad institucional y financiera de América Central de abordar eficazmente este problema es considerablemente más limitada que en otras regiones del continente. Es necesario tener en cuenta los vastos territorios en que la acción de los gobiernos es más que limitada, y las deficiencias de las instituciones políticas y sociales. La región se configura como un espacio de maniobra perfecto para los cárteles de la droga, en el establecimiento de rutas de comercio para el transporte de mercancías ilícitas. Además, según revelan evidencias recientes, Centroamérica ha dejado de ser únicamente un punto de tránsito y depósito de drogas, para convertirse también en un punto de procesamiento.

La persistencia de la pobreza, además de las carencias en educación y oportunidades de empleo, son algunos de los factores que permiten a las pandillas ampliar su alcance en esta región. Aunque América Central ha mostrado mejoras considerables en desarrollo humano, los niveles de desigualdad permanecen entre los más altos del mundo, mientras que la marginalización social y económica pareciera potenciar el ingreso de la juventud a dinámicas que involucran el crimen violento.

Asimismo, los lazos crecientes entre las pandillas locales y las organizaciones criminales más sofisticadas son preocupantes. El Salvador es particularmente vulnerable a este problema, en tanto es allí donde surgió y opera actualmente la MS-13, la pandilla transnacional más sofisticada en la región, caracterizada por gestionar y facilitar la colaboración entre las pandillas locales y los cárteles externos, complicando aún más la lucha contra el crimen organizado.

La historia de violencia y conflictos armados en la región también tiene una cuota de responsabilidad importante en el aumento no sólo de las cifras de crimen organizado, sino también en la delincuencia común. Por ejemplo, Guatemala atravesó un conflicto armado interno que duró 36 años, y terminó en la pérdida de cerca de 200 mil vidas. Esto generó una cultura generalizada de miedo y violencia. Las principales víctimas del conflicto—la población indígena, mayoritaria en Guatemala—continúa estando excluida de la vida política, social, económica y cultural del país. Esta exclusión ha provocado altos niveles de pobreza dentro de este grupo, potenciando a las comunidades rurales como espacios en que el crimen organizado puede operar con libertad.

La persistencia de la cultura del machismo también incide en la profundización de la violencia, y empeora sus efectos. De acuerdo con Naciones Unidas, la violencia en contra de las mujeres en Honduras es generalizada y sistemática. Entre 2005 y 2013, el número de femicidios en ese país aumentó en un 260 por ciento. En El Salvador, la tasa se triplicó entre 2000 y 2011.

El apoyo de instancias internacionales ha tenido un peso verdaderamente importante en las transiciones a la democracia en la región. La presencia de Naciones Unidas a través de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), y el establecimiento en los próximos meses de la Misión de Apoyo contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras (Maccih), son claros ejemplos de esto.

A pesar de lo anterior, las tendencias actuales sugieren que la violencia criminal en la región podría aumentar. Aún si América Central reprime significativamente a la violencia criminal, probablemente sólo desplazaría el problema, como ha sucedido con los esfuerzos contra las drogas en otras regiones de América Latina en las últimas décadas.

Fuentes consultadas

http://www.economist.com/news/americas/21636052-drugs-and-machismo-are-dangerous-mix-lethal-culture

https://openknowledge.worldbank.org/handle/10986/2744

http://siteresources.worldbank.org/INTLAC/Resources/FINAL_VOLUME_I_ENGLISH_CrimeAndViolence.pdf

http://www.cfr.org/latin-america-and-the-caribbean/countering-criminal-violence-central-america/p27740

https://www.americanprogress.org/issues/immigration/news/2014/08/12/95556/violence-is-causing-children-to-flee-central-america-2/

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