Terrorismo, ideas, temor y odio

Randall Arias
Director Ejecutivo
FUNPADEM

El mundo civilizado se conmociona, una vez más, por el terrorismo fundamentalista, ahora por los atentados del pasado 13 de noviembre en varios puntos simbólicos de París por parte de ISIS. Los salvajes pero focalizados ataques a la Revista satírica Charlie Hebdo tenían el objetivo directo de atacar y amenazar las libertades de prensa y de expresión. La masacre del viernes anterior, con un saldo fatal, por ahora, de 129 personas y casi 100 heridos muy graves, es un ataque y amenaza general a la Libertad de una sociedad emblemática.

El ataque fue fríamente calculado contra puntos estratégicos de París, capital de la Revolución Francesa de la Liberté, Égalité y Fraternité, de los valores en los que en general se fundan las sociedades realmente democráticas. Estos valores de las sociedades abiertas son los objetivos finales de ISIS. Y son, en general, los objetivos de cualquier forma de autoritarismo, ya sea del tipo fundamentalista religioso, o antes del totalitarismo social-nacionalista nazi o el socialismo real.

Hoy el mundo civilizado se estremece por la barbarie de ISIS, ahora vilmente trasladada al centro de Europa. Toda tragedia, luego del dolor y la indignación, genera primero una reacción individual y luego una colectiva. Inician con una reacción de miedo y temor, y ya sabemos que el miedo es la antesala del odio. Este tipo de actos terroristas provocan un odio inmediato contra ISIS, pero luego contra lo islámico-musulmán. Es decir, genera reacciones xenófobas y anti-islámicas, cuyo resultado es peor que su causa.

Pero, adicionalmente, cuando esa reacción se materializa en acciones gubernamentales, conlleva políticas públicas contrarias a la esencia de los valores occidentales de las sociedades abiertas, basadas en La Libertad. Estas acciones incluyen el cierre de fronteras, mayores controles migratorios, especialmente contra personas de la misma nacionalidad y cultura (religión) de los terroristas. Esto sería tan ingrato como haber cerrado las puertas contra los vascos por ETA o de los irlandeses por el IRA.

Estas reacciones, si bien entendibles, son un peligro para las sociedades abiertas, y amenazan la misma paz y estabilidad mundial que tanto anhelamos. Por ello, si de identificar enemigos se trata, debemos hacerlo correctamente. Los verdaderos enemigos de las sociedades abiertas y sus valores de Liberté, Égalité y Fraternité, no son, finalmente, personas hoy dominadas por temores que se convierten en odio y se transforman en conductas salvajes como el terrorismo. Estas personas han existido siempre, no son monopolio exclusivo de ISIS ni del fundamentalismo islámico, estando presentes a lo largo de la historia de la humanidad.

El totalitarismo del socialismo real se fundó en el miedo por la desigualdad económica, lo convirtió en odio por medio de la lucha de clases, generando las más grandes masacres de la historia por casi siete décadas alrededor del mundo. El totalitarismo social-nacionalista del nazismo se fundó, por un lado, en el miedo por la impureza racial y, por el otro, en el resentimiento por la derrota alemana y el castigo de la primera guerra mundial. Ese miedo y resentimiento se convirtieron en odio contra los judíos y otras razas inferiores así como un derecho reivindicatorio del Tercer Reich, generando el Holocausto, el Imperialismo Nazi y la Segunda Guerra Mundial.

Pero también lo hicieron los colonizadores europeos contra los pueblos originarios. Lo hizo España al conquistar América, con la cruz en una mano y la espada en la otra. Temían a los “salvajes” indígenas, les negaron intelectualmente su naturaleza humana, y los masacraron y en algunos casos los extinguieron. La barbarie sólo ha sido superada por los valores fundamentales de las sociedades abiertas que fundan la democracia liberal, una vez que se vencieron las ideas que fundaban esa violencia.

Por eso, Occidente ha construido una civilización superior en términos de derechos humanos, positivizada en la doctrina de los derechos humanos consolidada durante el Siglo XX. Aprendió de sus propios errores y barbaries, y hoy nadie en su sano juicio se cuestiona siquiera que así debe ser.

Temor, masacres y odio. Esa es la ruta de la barbarie. Es el fundamento del terrorismo, tanto del actual basado en el fundamentalismo islámico, como del que en su momento practicaba la ETA en España o el IRA en el Reino Unido.

La verdadera fuente de las amenazas a las sociedades abiertas son algunas ideas, más que las personas que las siguen. Y estas pueden ser de tipo religioso, étnico, socioeconómico o nacionalista. Surgen en la cabeza, se trasladan al espíritu, y se llevan a la acción colectiva de manera focalizada, hasta que se generalizan y se “exportan” más allá de sus lugares de origen.

Es la “idea” de que sólo hay un Dios y quienes no creen en él (¡siempre hombre!) y no lo veneran entonces son impuros, impíos, apóstatas, herejes… son enemigos y, por lo tanto, objeto de odio y violencia. Es la “idea” de que pertenezco a una raza superior (y que, por lo tanto, las demás son inferiores), la cual debe prevalecer sobre las otras que me pueden degenerar… son enemigos y, por lo tanto, objeto de odio y violencia. Es la “idea” de la explotación socioeconómica de los ricos contras los pobres, de la burguesía contra los proletarios, del capital sobre el trabajo… son enemigos y, por lo tanto, objeto de odio y violencia. Es la “idea” de que mi nacionalidad es superior a las demás, que las demás son menos, y que, por lo tanto debo cuidar mi territorio del ingreso de otras nacionalidades, peor aún si combinan otras religiones, otras étnias, y otro nivel socioeconómico inferior… son enemigos y, por lo tanto, objeto de odio y violencia.

Si no atacamos la intolerancia y el odio que generan algunas ideas que generan exclusión, la otredad negativa, la violencia pasiva (temo y odio en silencio, pero no hago nada, aunque tolero que otros sí lo hagan) o la activa continuarán. Quienes realmente creemos en las sociedades abiertas y sus valores de libertad, igualdad, fraternidad, tolerancia, pluralismo y, en general, en la convivencia pacífica, debemos luchar contra las “ideas” que atentan contra estos principios.

Los enemigos de largo plazo de las sociedades abiertas no son personas concretas, sino ideas abstractas que generan temor, odio y violencia. El autoritarismo siempre se basará en determinadas “ideas” que generan temor y odio, racionalizando su violencia inherente, legitimándola con una causa justa.

Por ello, debemos contraatacar en el plano de las ideas. Debemos evidenciar las falsas causas justas que subyacen a cualquier forma de autoritarismo. Aunque el cristianismo es, ciertamente, moralmente superior al islamismo en cuanto a su doctrina, esto no significa que el cristianismo no haya generado masacres aún peores que las de ISIS. Nos indigna la marginación de los migrantes que llegan a Europa buscando su libertad, pero somos totalmente indiferentes con la marcha silenciosa de los cubanos huyendo de la dictadura castrista en busca del sueño americano.

La indignación que el mundo civilizado siente hoy por la tragedia en París, debe ser consistentemente generalizada contra cualquier otro acto de barbarie, no importa la idea que la provoque ni las personas que las sigan. Si realmente nos indigna por una posición de principio, debemos enfocar nuestra conducta en la dirección correcta: luchar contra cualquier idea que genera temor y odio.

Somos un continente cada vez más diverso, porque somos sociedades abiertas. Y debemos seguir siendo así. Y esto nos exige ser más tolerantes y plurales, ya que esta mayor diversidad traerá cada vez mayores temores y, con ello, nuevos odios y nuevas formas violencia. Si estamos conscientes de esta ruta, estaremos en mayor capacidad de enfrentarla. Para prevenir nuevas formas de violencia basadas en odios siempre mutantes, es necesario que enfoquemos el análisis en las ideas que dominan nuestra conducta individual y colectiva. Si nuestras ideas generan o se basan en el miedo, terminarán generando odio y violencia.

Las sociedades abiertas, tristemente, seguirán sufriendo ataques de diversas formas de autoritarismo. Nos corresponde defenderlas inteligentemente a quienes creemos en sus valores y principios y usufructuamos de sus beneficios, evitando que surjan y se desarrollen ideas basadas en el miedo y el temor.

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