La marcha solitaria de los cubanos hacia La Libertad

Randall Arias Solano
Director Ejecutivo
FUNPADEM

Alrededor de cinco mil cubanos se encuentran estacionados del lado de la frontera de Costa Rica con Nicaragua. Han viajado miles de kilómetros en una travesía apenas imaginable para cualquier persona que vive en la tranquilidad de su hogar, por difícil que sea su situación socioeconómica.

Mientras que a Estados Unidos y a Cuba los separan apenas 150 kilómetros del estrecho de Florida, estas personas debieron tomar un vuelo de La Habana a Ecuador, y de ahí viajar por tierra hasta Colombia, para luego llegar por mar a Panamá, y de ahí por tierra hasta Costa Rica, donde hoy se encuentran varados.

La ruta debía continuar por tierra hasta México, para así poder entrar, con los “pies secos”, a los Estados Unidos y gozar de los beneficios de la Ley de Ajuste Cubano, que les permitiría, luego de un año y un día de estar en territorio estadounidense, acogerse a sus beneficios, y poder regularizar su condición migratoria luego de 5 años.

¿Por qué exponer, literalmente, sus vidas, además de arriesgar su patrimonio, haciendo una travesía de más de cinco mil kilómetros, cuando solamente pudieron navegar, por mar o por aire, 150 kilómetros? ¿Por qué convertir una travesía normal de una hora en avión o una de 5 horas por mar en una aventura de casi medio año?

Solamente un estado de desesperación total puede explicar asumir este tipo de riesgos para una misma persona o, peor aún, para sus hijos e hijas. Dentro de las personas que hoy llevan un mes esperando una solución a su tránsito hacia los Estados Unidos se encuentran niñas y niños que viajan para encontrar a sus padres en el norte.

Más allá de la expulsión de las personas de un régimen dictatorial, y de la lucha política con los Estados Unidos que les impide viajar directamente por el estrecho de la Florida, se encuentra un tema de solidaridad continental.

Mientras que en la región se producía una gran indignación al ver la marcha de los sirios hacia el centro de Europa, y se repudiaban las actitudes de los gobiernos y las personas de los países por los que transitaban al impedirles huir de una dictadura hacia una democracia, hoy el continente entero hace un silencio sepulcral ante la marcha de los cubanos en sus propias tierras.

Hoy no hay indignación. Mágicamente, de la noche a la mañana, la solidaridad manifestada hacia los sirios huyendo de su territorio hacia las democracias europeas chocó de frente con la solidaridad concreta con el paso de los cubanos con una motivación idéntica. Es evidente que la responsabilidad de esta crisis humanitaria la tienen, en primer lugar, Cuba y, luego, los Estados Unidos.

Pero, siendo que esto ha sido así, aunque no se justifique, el hecho es que hay miles de cubanos que han realizado este largo viaje, lo hacen hoy y lo seguirán haciendo mientras se mantengan las condiciones de opresión en la isla y los Estados Unidos no flexibilicen sus criterios de ingreso de los cubanos.

En los extremos de esta situación tenemos entonces sectores que simpatizan con la dictadura cubana y que se niegan a señalar el principal responsable, y otros sectores que simpatizan con los Estados Unidos y le restan cualquier responsabilidad. Y en el medio están miles de cubanos, que se estima podrían llegar a ser hasta cuarenta y cinco mil, que han hecho, están haciendo o harán la misma travesía.

La otra paradoja es que este éxodo ha existido por años, de forma invisible y totalmente ilegal, con una absoluta explotación de las necesidades de estas personas a manos de redes de tráfico internacional de personas que han operado y siguen operando desde Ecuador hasta los Estados Unidos.

Esta crisis tuvo su antecedente inmediato en un exitoso operativo de las autoridades policiales de Costa Rica al desmantelar una red de tráfico internacional de personas, incluidos los cubanos, lo cual rompió el eslabón “tico” de esta ruta, dejando a estas personas sin los coyotes que los trasladarán ilegalmente.

Así, mientras esta crisis humanitaria operaba en el silencio de la ilegalidad y el crimen organizado transnacional, no era un tema ni prioridad para los Gobiernos de la región. Pero apenas se visibilizó y se desarticuló el satélite costarricense de esta mafia internacional, el tema se convirtió en un problema de Estado para los Gobiernos, especialmente el nicaragüense, cuando nunca lo había sido.

El resultado de convertir esta tragedia humanitaria en un asunto político ha sido, hasta ahora, negativo para los cubanos, ya que ningún país de la región los quiere recibir o permitir el paso por su territorio como un puente humanitario.

A pesar de un supuesto acuerdo de solidaridad en una reunión del SICA convocada al efecto, finalmente ni Guatemala ni Belice aceptaron el paso por sus territorios. Y Nicaragua se mantiene firme en no permitir su tránsito legal.

En medio de esto, las mafias internacionales se preparan para adecuarse a las nuevas circunstancias, seguramente aumentarán el precio de sus servicios, y, antes de que ningún Gobierno lo note y menos aún le dé verdadera importancia, continuará el éxodo silencioso que explota las necesidades de miles de personas.

Luego habrán cumbres, reuniones presidenciales, manifestaciones de determinación para luchar contra el tráfico internacional de personas, la solidaridad y los derechos humanos. Y los Gobiernos volverán a cerrar sus ojos, mientras que algunos de sus funcionarios públicos, tanto de policía como de migración, pondrán sus manos para recibir sobornos para que, ahora sí, los cubanos continúen su marcha hacia los Estados Unidos.

¿Y la solidaridad continental? ¡Bien gracias! Tan bien como la desesperación de las personas cubanas que hoy esperan a sus hijos e hijas en Estados Unidos sin saber sus paraderos, o de sus familiares en Cuba anhelando que hayan alcanzado su meta de libertad y bienestar.

¡Cuánta hipocresía domina al mundo, las relaciones internacionales, los Gobiernos y las personas! Y esa hipocresía surge, precisamente, en este mismo orden pero de forma inversa. Si las personas nos indignamos solo a la distancia y en abstracto por la marcha de los sirios -eso sí, en Europa- pero jamás acá en nuestro propio territorio, ¿cómo esperar entonces que nuestros Gobiernos, que nos representan, hagan algo diferente a lo que llevamos en nuestra propia alma?

Lo único bueno de esta crisis humanitaria es que visibilizó tanto las redes mafiosas que trafican personas, como la hipocresía individual y gubernamental en la región. Al menos, para situaciones similares futuras, sabremos qué esperar y de quiénes esperar realmente solidaridad. Y, por supuesto, de quiénes no.

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