El Turismo “negro” en Latinoamérica

Por Paola Solano,
Master en Políticas Públicas y Gerencia
de la Universidad de Melbourne, Australia.

En las últimas décadas, la industria del turismo se ha convertido en uno de los sectores económicos de mayor crecimiento gracias en parte a avances tecnológicos que no solo facilitan el traslado de personas y abaratan costos, sino a la vasta diversificación que esta industria ha permite. Por ejemplo, hoy en día se habla de turismo médico, de lujo, de aventura y de muchas otras categorías que responden a las necesidades y gustos de grupos con intereses definidos y que se adaptan a la capacidad adquisitiva de los usuarios. En este contexto no es de extrañar que el turismo que este sector se haya convertido en un elemento de peso en términos de comercio internacional. Más aun, se ha convertido en una importante fuente de ingresos para países desarrollados y en desarrollo. Una clara consecuencia de esta realidad es un aumento en la competencia entre países por ofrecer ofertas de servicios bajo condiciones similares.

Sin embargo, este artículo explora un aspecto interesante y poco discutido en la región es el del “turismos oscuro” o “negro”. Este tipo de turismo se enfoca en convertir en atracciones turísticas espacios en los cuales personas sufrieron o murieron, como los campos de concentración en Alemania, los campos de la muerte en Camboya y Chernóbil, por mencionar algunos. Como se mencionó anteriormente, el desarrollo del sector turístico ha resultado en altos grados de especificación, incluso en sus categorías y el turismo oscuro no es excepción. Existen diversas categorizaciones, algunas se basan en el “grado de oscuridad” de la atracción basado en sus características mientras otras se enfocan en el interés de los visitantes en términos de preferencias (atracciones de origen político, desastres naturales, batallas, etc.).

En Latinoamérica este no es un fenómeno nuevo. Muchas ciudades ofrecen visitas a cementerios famosos y casas en donde ocurrieron tragedias y se encuentran “embrujadas”. Sin embargo, en las últimas décadas la popularidad de espacios más oscuros ha crecido. Claro ejemplo de este hecho es que en México, mientras que el turismo tradicional ha decaído debido a las altas tasas de violencia e inseguridad, el “turismo oscuro” asociado a la narcocultura y a la búsqueda de emociones fuertes y peligro por parte de los consumidores[1].

A pesar de esto, en términos generales, los sitios oscuros más conocidos y populares son resultados de acciones gubernamentales o conflictos entre grupos de poder. Existen muchas motivaciones detrás de la visita a uno de estos lugares: morbo, enfrentar la propia mortalidad, curiosidad y, quizás la más importante, educación. Una frase muy conocida nos recuerda que “aquellos que no recuerdan su historia se encuentran destinados a repetirla”. Sin lugar a dudas es difícil plantear la posibilidad de convertir en “atracción” a un lugar en donde personas, familias y países perdieron no solo vidas, sino sueños, posibilidades y futuros. Sin embargo, estos espacios ofrecen oportunidades únicas de explorar e imaginar las realidades de quienes sufrieron a gobiernos opresores o milicias descontroladas y así, literalmente, tener un acercamiento a las atrocidades que fanatismos e ignorancia pueden provocar. Adicionalmente, abren espacios para el diálogo, elemento fundamental para las víctimas como para las sociedades en aras de reconstruir naciones resquebrajadas por el dolor y la desconfianza, tratando de evitar replicar la historia.

Lamentablemente, la historia de la región latinoamericana se encuentra plagada de hechos que permitirían la creación de este tipo de espacios en muchos países, ya sea para educar acerca de fenómenos culturales como criminalidad o eventos histórico-políticos. Incluso en países como Perú, El Salvador y Argentina con historia de terrorismo y dictaduras la discusión puede plantearse en aras de promover el entendimiento junto con la economía de regiones afectadas por su historia. Sin embargo, varios aspectos crean una alta resistencia al tema, entre ellos uno de los principales es que el aspecto educativo debe ir, forzosamente, acompañado del aspecto económico de comercialización, incluso si la finalidad es la de mantener el sitio, lo que crea discusiones en torno a lucrar sobre la muerte de otros. Adicionalmente, para abrir este tipo de sitios y explotar su potencial educativo de forma ética, es necesario que los gobiernos reconozcan los hechos así como a las víctimas y en este aspecto la región todavía se encuentra rezagada.

En conclusión, considero que la apertura de este tipo de espacios turísticos puede ser beneficiosa para tanto las sociedades nacionales permitiendo que heridas sanen, el dialogo entre partes y la educación de nuevas generaciones y, en un contexto más grande, la educación de otras sociedades. Son espacios que pueden transmitir una clara advertencia, permitir el aumento de la empatía entre pueblos y conectar el pasado con el presente y el futuro. Solo a través del reconocimiento explícito y la educación es que este tipo de experiencias pueden erradicarse o al menos, disminuirse. Sí países alrededor del mundo has podido construir sobre acciones repudiables: ¿Qué evita que Latinoamérica lo haga?

[1] Cabezas, A. Turismo negro o de morbo, una industria floreciente en México. El Mundo. 2011

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