El efecto Trump hacia América Latina o de las consecuencias del populismo nacionalista

Por Randall Arias
Director Ejecutivo
FUNPADEM

Empecemos por reiterar que ya es hora de tomarse a Donald Trump muy en serio. Aunque él parezca no serlo. Siendo evidente que logrará la mayoría de delegados en las elecciones internas del Partido Republicano, aún hay algún nivel de incertidumbre acerca de si alcanzará el mínimo requerido para convertirse en candidato presidencial, y si, en tal caso, será ratificado por la Asamblea de su Partido.

Logre o no el mínimo requerido, lo ratifique o no la Asamblea del GOP, y, finalmente, gane o no la Presidencia de los Estados Unidos, es evidente que ha hecho un importante daño a la democracia de ese país, radicalizando el debate hacia posiciones extremas propias del populismo nacionalista. Hoy Trump infecta, tristemente, a la política estadounidense de los males que hoy padecen muchos países de Europa. Y esto es muy grave, ya que nos referimos a países bastiones de la Libertad y la Igualdad.

Por ello, es necesario empezar a debatir acerca de los efectos actuales y especialmente los que podría tener para la América Latina si llegara a ser elegido Presidente (idea nada descabellada, si analizamos los datos objetivamente, más allá del disgusto y/o repudio que esto nos genera). La visión del mundo de Trump se refleja en su frase “una nación sin fronteras, no es una nación”. Es una versión renovada del aislacionismo gringo, llevada a su extremo, y alimentada por un profundo temor de pérdida de la identidad nacional, así como de seguridad nacional basada en la construcción de enemigos externos (otredad negativa).

Repasemos su planteamiento al inicio de su campaña, recogido en el documento “Reforma migratoria que hará grande a América de nuevo”[1], donde no solo propone construir un muro en toda la frontera con México, sino que hará que México lo pague, ya que si gobernara “confiscará todos los pagos de remesas derivadas de sueldos ilegales”. Además, “incrementará los precios de todos los visados temporales de primeros ejecutivos y diplomáticos mexicanos (y, si fuera necesario, los cancelará)”. También contempla “acabar con el derecho a la ciudadanía por nacimiento”, estipulado en la Decimocuarta Enmienda de la Constitución, que “continúa siendo el mayor imán para la inmigración ilegal”.

Además, quiere “terminar el abuso de las prestaciones sociales” y exigirá a los solicitantes de entrada en el país “certificar que pueden pagar su propio alojamiento, su propia atención sanitaria y otras necesidades antes de venir a Estados Unidos”. Trump ofrece “triplicar” el número de funcionarios de la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE), y endurecer las penas para los “millones de personas que vienen a Estados Unidos con visas temporales, pero se niegan a marcharse”.

Trump se ha alimentado y ha alimentado un claro sentimiento xenófobo y aún racista en la sociedad gringa, especialmente en contra de los hispanos. También hay que decir que tiene una especial fijación en contra de lo mexicano, dada la magnitud de la inmigración desde su vecino del sur. Pero también debemos reconocer que para un gringo promedio, no existe mayor diferencia entre un latino y un mexicano, ya que son “básicamente lo mismo”: el estereotipo se basa en la piel morena y hablar español o al menos un inglés “con acento”.

La consecuencia actual es que se ha radicalizado el debate político en Estados Unidos en general, y particularmente con respecto a la inmigración en cuanto a bloquear los flujos migratorios irregulares, así como para deportar a quienes ya se encuentren en territorio gringo. Esto descarta, de facto, cualquier intento del Partido Demócrata por regularizar a las personas migrantes que hoy viven ahí de forma irregular. Sepulta el intento del Presidente Obama, y cualquier otro que pueda emprender una eventual Presidencia de Hilary Clinton, a lo cual la mayoría republicana en ambas cámaras (que no se prevé que varíe sustancialmente en las elecciones de noviembre) se opondría visceralmente.

También tendrá efectos en materia económica. Es evidente la fijación de Trump con México, especialmente por los beneficios comerciales que recibe del NAFTA. Esto conllevaría afectar el ingreso de bienes producidos o manufacturados en México. Ya planteó multar las importaciones tanto de México como de China. Pero, por el otro lado, también supondría establecer al menos trabas para las inversiones gringas en México, bajo el torpe argumento de proteger los trabajos en Estados Unidos.

Trump prometió obligar a United Technologies para que desista su decisión de cambiar de Indiana a México 2 plantas y con ello trasladar 2.100 empleos. En caso de negarse, advirtió que gravará todo lo que la empresa construya en el país vecino y lo importe a México. También ha dicho que impondrá impuestos a las importaciones de autos desde México para evitar que las automotrices gringas trasladen sus líneas de producción a su vecino del sur.

Aunque me cuesta imaginar a un Congreso gringo imponiendo trabas a las inversiones de sus nacionales en México, así como abriendo la caja de pandora de una renegociación del NAFTA (o “rompiéndolo”, como ha afirmado Trump), lo cierto es que al menos alimenta una opinión pública afín al nacionalismo económico y, por ende, contraria al libre comercio.

Analizando estos riesgos más allá de la profunda molestia del populismo nacionalista con el éxito económico de México gracias al NAFTA, tarde o temprano conllevará una reacción similar con otros países y regiones de América Latina con los cuales existen Tratados de Libre Comercio. Aunque en la visión del mundo de Trump Centroamérica debe ser apenas un accidente geográfico, sino histórico, sería cuestión de tiempo para que se fije en el CAFTA. Y así posteriormente con otros países con los cuales tienen tratados bilaterales.

El nacionalismo de Trump opera en múltiples dimensiones, y tiene un eje central por oposición a la América Latina, tanto en cuanto a los flujos migratorios, como a las relaciones comerciales. En su visión neo-conservadora, somos una fuente de amenazas y riesgos para la seguridad de su país, tanto en lo económico, como en lo social. Esto conlleva cerrar las fronteras tanto a las personas como a los bienes y servicios provenientes de nuestra región.

Todo esto conllevaría efectos muy negativos, cuando no devastadores para la región. El nivel de dependencia de México del comercio con Estados Unidos gracias al crecimiento exponencial de sus exportaciones, tendría como consecuencia la pérdida de miles de empleos y, paradójicamente, aumentaría las migraciones hacia los Estados Unidos para buscar los empleos que habrían perdido precisamente por esta medida de protección.  Y si aplicara la misma lógica perversa al CAFTA, es cuestión de sacar cuentas de los miles de empleos que se destruirían. Aumentaría el desempleo, mientras que, por otro lado, nuestros países recibirían a miles de personas deportadas desde Estados Unidos, presionando aún más a Estados hoy desbordados por la violencia. Toda una bomba de tiempo, en una región ya de por sí frágil en su institucionalidad democrática.

Trump supondría un profundo retroceso en el relacionamiento de los Estados Unidos con la América Latina, regresando a la época en que simplemente éramos su patio trasero y un lugar de contención para efectos de su seguridad nacional, no como un socio estratégico en condiciones de igualdad. Se revertiría un rumbo que ha costado décadas de avance, fácilmente reversible.

Pero tampoco debemos olvidar que los efectos también se dan desde la América Latina, con posiciones similarmente ridículas e insensatas. Por ejemplo, el Presidente Rafael Correa de Ecuador, afirmó, de manera sarcástica, que “lo que más le convendría a América latina es que gane Trump, porque es tan torpe su discurso, tan básico, que despertaría una reacción” en la región como lo hizo George W. Bush. Vemos entonces que ya genera discursos radicales, no solo en el norte, sino también en el sur, especialmente de quienes se alimentan, de forma igualmente populista, del anti-imperialismo yanqui en pleno Siglo XXI.

Trump nos recuerda que la base del nacionalismo es una importante dosis de ignorancia. Como recuerda con frecuencia Mario Vargas Llosa, el nacionalismo es la cultura de los incultos. Y vaya que Trump lo es!

[1] Tomado de http://www.informador.com.mx/internacional/2015/609300/6/donald-trump-confiscaria-remesas-de-ilegales.htm, publicado el 17 de agosto del 2015.

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