¿Por qué somos tan desconfiados los latinoamericanos? EL reto de la convivencia democrática

Por Randall Arias
Director Ejecutivo FUNPADEM

Mientras ocho de cada diez nórdicos confía en los demás, en América Latina la situación es exactamente al revés: apenas dos de cada diez personas en la región confían en quienes les rodean. Este es un dato gravísimo por sí solo, pero bien podría ser el mayor reto para la convivencia democrática y la cultura ciudadana.

¿Cómo aspirar a una sociedad más cohesionada e integrada, si partimos de la desconfianza en las demás personas? ¿Cuál es la solidez de las dinámicas sociales y económicas si partimos de que los demás se aprovecharán de uno, de que no se cumplirá la palabra y de que no puedo esperar un trato justo?

Según el Informe del Latinobarómetro “La confianza en América Latina 1995-2015. 20 años de opinión pública latinoamericana”, somos una región que casi no confía en las instituciones democráticas ni en el prójimo. Ya sabemos los efectos negativos sobre la sostenibilidad democrática cuando el rendimiento de sus instituciones no es percibido de forma positiva por la población. Se socava la confianza en la democracia por su desempeño y, luego, se termina cuestionando al sistema mismo y su legitimidad (apoyo difuso). Es la antesala del surgimiento de salidas autoritarias que hacen desaparecer la democracia, de lo cual cuesta décadas recuperarse.

Algo similar sucede con la desconfianza interpersonal. Confiar en las demás personas conlleva algo básico para la convivencia democrática: la capacidad de anticipar algo que sucede, en este caso la conducta de las demás personas. Si yo pago por un servicio, anticipo que la persona a quien se lo compro cumpla su palabra y me entregue el objeto pactado. Cuando camino por la acera espero que la gente me respete y no me agreda, y espero que los carros no se suban a la acera y al menos no me obstaculicen el paso, y por supuesto que no me atropellen.

Sin embargo, como afirma el informe del Latinobarómetro (2015): “En América Latina las cosas no funcionan así. Aquí cuando nadie está mirando las reglas cambian. Un automóvil o un peatón cruzan con luz roja si no hay nadie en el cruce. Esa es una apuesta fácil de ganar. Aquí la gente se hace la enferma para no ir a trabajar, no pagan todo el boleto del transporte público, usan subsidios estatales cuando no les corresponde.”

Cuando se pregunta “Hablando en general: ¿Diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que uno nunca es lo suficientemente cuidadoso en el trato con los demás?”, la respuesta “Solo se puede confiar en la mayoría de las personas” tuvo resultados lamentables en el promedio latinoamericano, ya que sólo el 17% respondió que se puede confiar.

Los países donde más confianza en los demás existe son Panamá, Uruguay y Argentina, con un 22% (no llega ni siquiera a una de cada cuatro personas). El caso más dramático es Brasil, donde apenas 7 de cada 100 personas confía en las demás personas. Y le sigue Costa Rica, con un 11%, seguido de la República Dominicana con un 13%.

¿Cuál es la calidad de las relaciones interpersonales en nuestros países en general y especialmente en los que ocupan el lugar de los más desconfiados? ¿Cuál es la calidad del diálogo, de los acuerdos y los negocios que se hacen todos los días.

¿Qué clase de ciudadanía estamos formando con este nivel de desconfianza interpersonal? Una consecuencia probable es que, más que estar a la defensiva para no ser víctima de alguien que se quiera aprovechar de uno, podría ser que más bien tomemos una actitud proactiva: como asumo que se aprovecharán de mí, mejor me adelanto y entonces me aprovecha de quien, tarde o temprano, me lo terminará haciendo a mí.

Hay un fraude social generalizado que se alimenta de la tolerancia negativa: somos indiferentes cuando las demás personas violan las normas sociales. Y creamos un estado de conformidad con un violación sistemática de las normas, aduciendo que no es uno quien las viola, sino los demás. Y, cuando nos damos cuenta, nos descubrimos haciendo lo mismo.

Le exigimos a quienes nos gobiernan que confían entre sí, que logren acuerdos para el bienestar general, y que actúen con transparencia y corrección, mientras que quienes los elegimos hacemos lo contrario. ¿Por qué pensamos que las personas electas para gobernarnos actuarán de forma diferente al común de las personas, de quienes los eligen? ¿Cuál magia podría operar para que una persona ordinaria como el que más actúe de la noche a la mañana de forma correcta, si antes de ser electa no lo hacía?

La cultura cívica en América Latina es un reto mayor para la sostenibilidad democrática, la convivencia pacífica y la cultura ciudadana. La vivencia de los valores democráticos es débil, porque así es nuestra convicción con esos valores y principios. Somos una sociedad enunciativamente democrática, que la predica pero que no la vive en lo cotidiano, especialmente en el ámbito privado.

Por eso, el ámbito de lo público está viciado de malas prácticas. Porque refleja los vicios de la conducta individual y, luego, de la colectiva en los ámbitos privados, que simplemente se extiende a lo público.

No sólo nuestros gobiernos deberían priorizar políticas públicas que promuevan la confianza interpersonal. Lo esencial es la socialización primaria, la que se gesta desde nuestras familias, en la primera infancia. Si enviamos niñez y juventud desconfiada a la escuela y el colegio, la ciudadanía que tendremos ya estará marcada por la desconfianza.

Es un trabajo colectivo arduo, pero que debe ser emprendido urgentemente. Si no, nuestras democracias tienen un futuro gris.

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