El cáncer del populismo en América Latina

Randall Arias S.
Director Ejecutivo FUNPADEM

Una de las principales amenazas de las democracias modernas es el populismo. Ese mal casi endémico en los políticos de decir las cosas bonitas que el pueblo quiere escuchar, aunque sean falsas o vayan en contra de su mismo bienestar.

El populismo es el arte de la manipulación sofisticada de las emociones colectivas, a veces combinada con una profunda ignorancia de los asuntos públicos, cuando no de agendas viles o agendas ocultas.

América Latina es la cuna del populismo, aunque ahora podemos sentirnos “orgullosos” de haber exportado ese mal a los Estados Unidos con un Presidente electo que nos sorprendió por ser un excelente populista autoritario y nacionalista.

Hay varios tipos de líderes populistas, pero todos con idénticos resultados: ofrecen lo que no se puede o no se debe, generando daño por implementar lo ofrecido o frustración y enojo en el pueblo por no hacer lo predicado una vez que se llega al poder y se cae en cuenta de que las promesas de campañas eran imposibles o perjudiciales.

Hay otros, especialmente en sociedades conservadoras como las nuestras, que se aferran a los valores tradicionales del pueblo ___ (aquí puede completar la frase con cualquier pueblo a su gusto, porque el argumento ad populum aplica por igual), ofreciendo ser el mesías que limpiará a la sociedad de los males de la sociedad moderna.

La combinación del populismo con el fanatismo religioso es de especial impacto. Tradicionalmente con la visión católica pero ahora con la competencia nacida de las iglesias evangélicas, el non plus ultra del populismo es aquél que apela a los valores religiosos. Mejor aún si utiliza la iconografía de religiosa, para generar un impacto aún más poderoso.

La razón, ese gran logro de la Ilustración, sigue siendo el antídoto perfecto contra el populismo. Es el método perfecto para compensar los excesos emocionales que produce el populismo.

Sin embargo, cuando se trata de discutir asuntos políticos, las emociones afloran y las razones escasean. Más aún, en momentos de crispación política en un marco de desencanto democrático, a las personas no sólo le es difícil asumir una actitud reflexiva, sino que incluso reniegan de ello y reconocen sin reparo que la razón debe ser desterrada para ser gobernada por el reino de las emociones más viscerales.

Esta es la paradoja y el reto de la democracia liberal. Por eso somos los centros de pensamiento principalmente los llamados a liderar la cruzada por la razón y el conocimiento pausado de la cosa pública.

No es tarea fácil, ni de lejos. Y el impacto suele ser muy escaso y el resultado en general muy frustrante. Pero debe ser una profunda convicción democrática la que debe alentarnos a no desmayar.

Lo peor que nos puede pasar es terminar siendo centros de pensamiento en regímenes autoritarios anhelando el pleno restablecimiento de las anheladas democracias. O, peor aún, verse forzado de generar pensamiento a pasar a la acción política cuando ya la democracia haya desaparecido por completo.

Hoy más que nunca urge recargar las energías y la pasión democrática, luchando especialmente contra el cáncer del populism

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